VENEZOLANOS, DE ‘LA TROCHA’ A LA CASA DE CARMEN CARCELÉN EN EL JUNCAL.

En las ventanillas de Migración de Rumichaca (Carchi) unos cuantos venezolanos migrantes intentan ingresar a Ecuador. Es el tercer domingo de marzo y no se ve la aglomeración de años anteriores.

Para entrar, desde enero pasado deben presentar su récord de antecedentes penales y su cédula o pasaporte certificado. Quienes cumplan con esos requisitos pasan por la vía regular; sin embargo, los que no, también lo hacen, pero a través de pasos clandestinos a los que le llaman ‘la trocha’.

En la línea divisoria, en medio de cambistas y comerciantes, hay colombianos, venezolanos y ecuatorianos que reclutan a sus potenciales “clientes”. Les cobran entre 10 y 20 dólares por llevarlos hasta atajos montañosos –también usados para el contrabando– que cruzan la frontera sin resguardo de policías ni militares.

Eddy Vegas y su pareja, Nazareth Hernández, pasaron por ‘la trocha’. Ambos son de Caracas y ella está embarazada. Su meta es el Perú, donde les esperan algunos familiares que se adelantaron. La caminata les tomó cerca de una hora. “Había unos abismos peligrosos y hacía mucho frío”, recuerdan. Como no tenían dinero, tuvieron que enganchar a otros migrantes varados en Rumichaca para comprar su “pasaje”.

Según la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), un tercio de los que llegan hasta Ecuador han cruzado a pie una parte o toda Colombia. Entre Cúcuta (en la frontera con Venezuela) y Rumichaca hay 1.420 kilómetros de carretera, por lo que arriban –como la pareja caraqueña– en precarias condiciones.

Este es el caso de los huéspedes de Carmen Carcelén, la mujer de El Juncal (Imbabura), a 90 minutos de Tulcán, que se dio a conocer por darles posada de uno o dos días a los migrantes que golpean la puerta de su casa. No les cobra ni un centavo y ella, que es la voz principal del coro de la iglesia, asegura que se trata de una “misión dispuesta por Dios”.

Carmen cuenta que sus huéspedes, en su mayoría, suelen entrar desnutridos, enfermos o con los pies destrozados.

“Toda esta gente viene caminando desde Venezuela, no tiene ni para comer ni para pagarse unas zapatillas… Pero yo confío en Dios para que venga la ayuda, como por arte de magia”, expone.

En el último año y medio, por allí han pasado unos 8 mil venezolanos (15 diarios, en promedio) en busca de refugio temporal, como una parada imprescindible en su reto por ir a Perú o Chile. Buena parte de sus nombres y datos personales están registrados a mano, en cuadernos y hojas sueltas.

Ellos no son parte de las estadísticas oficiales del Estado, pues ingresaron al país por los pasos clandestinos o no cuentan con papeles certificados.

Los registros del Ministerio del Interior y Cancillería sobre los flujos migratorios solo contemplan a quienes constan en las oficinas de control establecidas en las fronteras o aeropuertos. Esos números, no obstante, muestran la tendencia general: desde el 2010 hasta febrero de este año han ingresado al país 1’838.754 venezolanos y han salido 1’585.812, dejando como saldo 251,518 (el 13,6%) que se instalaron en territorio ecuatoriano.

Mientras se pone una crema para protegerse de los aguerridos mosquitos del Valle del Chota, en el patio de la casa de Carmen, Franklin Bracamonte se lamenta el “andar de ilegal”, pues asegura que ha sido víctima de robos, explotación laboral en Colombia y, ahora que está en Ecuador, mucho rechazo en las calles. “La gente nos ve mal; hay xenofobia, pero nosotros no tenemos más opción que seguir hacia el sur”.

Las organizaciones humanitarias nacionales e internacionales les prestan asistencia médica, psicológica y, en situaciones extremas, un estipendio mínimo para que puedan llegar hasta la frontera con el Perú.

¿Si son tan malas las condiciones y corren tantos riesgos, no sería mejor que regresen a Venezuela? Junto a Franklin, en el patio, hay otros diez compatriotas suyos. Todos descansan y reúnen fuerzas para emprender al día siguiente su camino al sur. Su respuesta va en coro: “A Venezuela no regresamos más”.

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