UNA ALDEA MALDITA SÓLO PARA MUJERES EN EGIPTO.

El pueblo egipcio de Al Samaha fue creado por el régimen de Mubarak a principios de los 90 como refugio de viudas y divorciadas. Hoy languidece por falta de recursos.

Un camino polvoriento y solitario conduce a los confines de Al Samaha, un experimento gubernamental que agoniza en mitad de ninguna parte. Faiza Ismail fue una de las primeras mujeres en habitar el poblado de humildes viviendas de adobe construido hace cerca de tres décadas para proporcionar una nueva existencia a divorciadas, viudas y solteras egipcias. “Vine a vivir aquí hace 18 años. Era viuda y llegué con dos niños”, rememora la sexagenaria mientras su fatigado esqueleto descansa sobre el poyo que se extiende por la fachada de su hogar. A su lado, un grupo de vecinas comparte tertulia. Es primera hora de la mañana y la aldea, emplazada a unos 1.000 kilómetros al sur de El Cairo, está desierta. “Nadie nos escucha. Nos sentimos solas”, balbucea Faiza. Su comentario concita velozmente la unanimidad de la cuadrilla.

A principios de la década de 1990, el régimen de Hosni Mubarak urdió un programa pionero para expandir la tierra cultivable de un país cuya superpoblación se hacina en la castigada cuenca del Nilo. Al Samaha, desierto adentro, nació como un proyecto piloto dedicado a las mujeres que arrastraban el estigma del desamparo. Fue la primera comunidad rural del país sostenida exclusivamente por mano de obra femenina. “Además de vivienda, el Gobierno nos entregó tierra para cultivar”, asevera Faiza.

El ministerio de Agricultura concedió a cada fémina unos seis fadanes de tierra (unas 2,4 hectáreas) en las inmediaciones de la villa. La dádiva no fue nada ventajosa. El terruño era una porción estéril, jamás labrado que las vecinas tuvieron que domesticar con esfuerzo y entre penurias económicas. “Comenzamos a trabajar en la agricultura con muy pocos medios. Tuvimos que pedir dinero prestado para comprar fertilizantes y material”, detalla.

Fruto de su titánica labor, de los campos que rodean Al Samaha comenzaron a brotar trigo e hibisco. El único cultivo prohibido por las autoridades fue la caña de azúcar, que crece en abundancia en la cercana Asuán. Durante años, la iniciativa funcionó gracias a la férrea y sacrificada voluntad de sus habitantes de ganarle el pulso al desierto. Hasta que la ayuda estatal comenzó a escasear y los contados servicios que ofrecía el páramo yermo -una pequeña escuela y un modesto consultorio abierto unos días a la semana- empezaron también a languidecer.

“Me asenté aquí hace 15 años y hoy la situación es mucho peor que entonces”, reconoce Reem, una alejandrina que hace tres lustros recorrió el país en busca de una suerte de refugio transfigurado ahora en fiasco. “Me gano la vida con los animales y las tareas agrícolas pero el estado del pueblo es terrible. No tenemos agua potable y el acceso a salud y educación resulta muy limitado”, se queja una de las pocas vecinas que acepta hablar.

SIN ESCUELAS

La escuela, con sus ventanas rotas y su armazón desvencijado por el sol, es el edificio que recibe a los contados visitantes que se internan en el poblado. A unos metros, tras el desvaído cartel que da la bienvenida, se ubica la clínica, con sus ventanales tapiados por tablas de madera. “Un médico viene cada domingo, martes y jueves. Si caes enfermo otro día, es probable que no lo cuentes”, relata Abdu el Awad, maestro del colegio local. “Aquí la gente está muriéndose lentamente. No existen tuberías de aguas residuales y el agua tiene mucha sal. Hay que traer el agua y los alimentos del pueblo más cercano, a unos 10 kilómetros. La mayoría de las mujeres sólo ha podido arreglar uno de los seis fadanes. Necesitarían 120.000 libras (unos 6.500 euros) para preparar todo el terreno”, murmura Abdu.

En un rincón de esta disminuida geografía, infestada de insectos y serpientes, Rashef saca adelante a su familia desde hace cinco años. Mientras los chiquillos corretean y juegan, cuida a varios burros en el patio de su vivienda. “Nos dan dinero por tenerlos aquí y alimentarlos”, expone. La veinteañera es una de las primeras mujeres que ha quebrado la ley que hasta ahora había regido los designios de Al Samaha: la prohibición de que los hombres habitaran el páramo. “Algunas mujeres a las que el Gobierno les dio casa y tierras han vendido sus propiedades. Mi marido compró una de las casas y nos vinimos desde Sohag”, arguye la joven.

Dejado a su suerte y sin supervisión gubernamental, Al Samaha y su icono como pueblo dedicado a quienes buscaron asilo frente una sociedad patriarcal y conservadora se extingue. “El administrador que durante años se ha encargado de nosotras suele venir y, cuando escucha nuestras reclamaciones, responde: ‘Ya lo veremos mañana’. Siempre aplaza nuestros ruegos”, despotrica Faiza, memoria viva de este peculiar ensayo reducido ahora a un pueblo maldito. “Los taxis se niegan a venir hasta aquí. El camino no es bueno y estamos lejos de todo. Ni siquiera tenemos los servicios con los que cuentan otras localidades próximas”, desliza.

A mediodía, una pareja de asnos famélicos cruza una de las calles de Al Samaha. El sol comienza a apretar y la parroquia se guarece a la sombra exigua de sus moradas idénticas, compuestas por dos estancias, una cocina, un aseo y un corral. A lo lejos, tras la desolada mezquita, emerge como un espejismo una mujer que transporta en brazos a uno de sus hijos mientras empuja a su pequeño rebaño de ovejas. “Ya ni siquiera vienen los parlamentarios que decían representarnos. Esos se dedican a aplaudir y a dar el visto bueno a cualquier decisión, tal y como les ordenan que hagan. Estamos al margen de todo. Este proyecto es una ruina”, concluye Abdu.

 

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