ESTADO ISLÁMICO. DE LA DERROTA DEL CALIFATO YIHADISTA A LA AMENAZA DE LAS CÉLULAS DURMIENTES.

Fuerzas kurdosirias con apoyo de EEUU expulsan al Estado Islámico de su último bastión, dejándolo sin base territorial, mientras que las células aisladas del grupo yihadista, que controló un tercio de Irak y Siria, siguen siendo una amenaza.

La cicatriz honda que esta guerra contra el Estado Islámico ha dejado en Oriente Próximo amenaza con perdurar, si no reproducirse. Sobre el terreno los combatientes van más allá y recuerdan que, en verdad, sólo han ganado la batalla, pero no la guerra. “Seguiremos persiguiendo los restos y células de la organización, y trabajaremos para desarrollar planes de protección y fuerzas de seguridad”, explica Shervan Derwish portavoz de las SDF. “Tenemos mucho trabajo por delante en la siguiente fase. Una derrota geopolítica y militar no significa el fin”.

“Sus células durmientes terroristas continúan amenazando la seguridad y la estabilidad de nuestro pueblo. Esto requiere esfuerzos concertados con la comunidad internacional para eliminar su ideología y evitar que perdura. Esta es la que alimenta sus actos terroristas”, enfatiza Derwish. No en vano, el IS ha logrado colarse por entre las rendijas de los aparatos de seguridad de Irak y Siria. En los últimos meses ha seguido reivindicando atentados en la retaguardia en ambos países y, se teme, en otros sitios del mundo.

Un elemento clave en el nuevo escenario post-califato será atender a las víctimas tanto del imperio del IS como de la ofensiva para aniquilarlo, opina Omar Abu Laila, un ex oficial del Ejército Libre de Siria oriundo de Deir Ezzor, la provincia donde el pseudocalifato del IS ha sido terminado. “La población local de Deir Ezzor esperaba más atención y protección de las SDF”, asegura, “pero lo que ha visto es una desconexión total con ellos”. La mayoría de la población es árabe, a diferencia de las SDF, de mayoría kurda. “La gente de Deir Ezzor jamás aceptará que el Daesh vuelva a la zona pero, si se plantea el retorno de las fuerzas del Gobierno sirio, quizás busquen un acuerdo con elementos de Daesh“, destaca Abu Laila, apuntando a la desafección creciente entre quienes lo han perdido todo por la guerra contra el IS y no encuentran la manera de reconstruir sus vidas.

El califato ha sido reducido a la nada pero quedan incertidumbres. La más trascendental: ¿Dónde está su líder? Abu Bakr al Bagdadi sigue esfumado entre las cenizas.

La pesadilla del Estado Islámico se desvaneció ayer entre los meandros del río Éufrates. Una alianza de fuerzas musulmanas, dominada por combatientes kurdos y con apoyo militar de la coalición internacional que lidera EEUU, tomó por completo la aldea de Baguz, al este de Siria y a apenas 10 kilómetros de la frontera iraquí. Una victoria que supone el último clavo en el ataúd de las aspiraciones territoriales del Estado Islámico. Pese a la derrota, la organización intentará golpear desde la retaguardia.

El califato que el iraquí Abu Bakr al Bagdadi proclamó desde la Gran Mezquita de Mosul el 4 de julio de 2014 se ha acabado. A caballo entre Irak y Siria, siguiendo la ribera del Éufrates, el territorio que llegó a dominar Al Bagdadi alcanzó la extensión de Gran Bretaña. Pero se fue reduciendo entre los embates de Turquía, la oposición siria, las fuerzas rusas e iraníes, el ejército sirio, el iraquí y sus milicias chiíes aliadas y el golpe final de quienes ayer cantaron victoria en Baguz: las conocidas como Fuerzas Democráticas Sirias (SDF).

Su portavoz, Mustafa Bali, informó de la derrota del IS, en la madrugada del viernes al sábado. “El pueblo de Baguz ha sido liberado totalmente, las SDF vencieron al IS. Dedicamos esta victoria a las familias de nuestros mártires y a los combatientes heridos, sin cuyo sacrificio esta victoria no hubiera sido posible. Felicitamos al mundo con la eliminación del llamado califato“, anunció en Twitter. Las imágenes de la victoria, incluidos los abrazos entre combatientes, danzas y hogueras entre escombros, empezaron a llegar hace tres días, coincidiendo con los festejos del Nowruz, el año nuevo kurdo.

El anuncio de su derrota definitiva se fue retrasando en los últimos días, debido a que las huestes del califato –decididas a morir matando y retrasar así su entrada en el Paraíso– se parapetaron tras civiles desarmados y se ocultaron en cuevas y túneles con el fin de arrear un golpe final a los atacantes. Finalmente, el 23 de marzo quedará registrado como el día de la victoria sobre el IS en Siria. “Luchamos a pesar de su fortaleza y logramos ganar. Ellos plantaron cara de forma muy dura, pero todos los camaradas, aliados, logramos superarlos”, se complacía ayer Jabur, un joven combatiente árabe de las SDF.

La imagen más simbólica de la derrota del IS, sin embargo, se había producido días antes. El lunes pasado, una cámara grabó una larga fila de docenas de yihadistas compungidos, silenciosos, protegidos únicamente por una manta y cubiertos sus rostros por un pañuelo. Rostros muy distintos de aquellos que desafiaron al mundo en los últimos años, en vídeos propagandísticos donde sus víctimas, habitualmente locales, aunque también soldados, periodistas y cooperantes extranjeros, eran ejecutados con un sadismo inhumano.

La locura apocalíptica de los radicales se cebó especialmente con las mujeres de la minoría yazidí del norte de Irak, víctimas de lo que hoy se denuncia como un genocidio. Unas pocas decenas de sus 3.000 desaparecidas aparecieron con vida en Baguz, tras haber sido violadas y vendidas reiteradamente. Otra de las carnicerías masivas más infames del Daesh ocurrió en el campamento Speicher, en Tikrit (Irak). En junio de 2014, más de 4.000 cadetes chiíes y no musulmanes fueron ejecutados a sangre fría.

Entre sus verdugos había franceses, estadounidenses e incluso españoles. Occidentales que hoy en día permanecen encerrados en centros de detención controlados por las SDF. Su futuro, así como el de sus mujeres e hijos, es incierto. Según los últimos cálculos, se trataría de cerca de un millar de personas. La mayor parte de la comunidad internacional rechaza repatriarlos. Los planes de EEUU de retirarse de Siria -Donald Trump dio a entender que el repliegue se realizaría tras la caída del pseudocalifato- y la amenaza de una intervención militar turca contra las fuerzas kurdosirias hace peligrar la estabilidad de este sistema penitenciario.

Aunque Baguz era en el pasado un lugar idílico, con sus casas bajas, su calor primaveral agradecido y el lento circular de las aguas mansas del río que contempló el alba de nuestra civilización, hoy la destrucción y el dolor campan a sus anchas. Según datos de Airwars, la campaña contra el IS ha contado con cerca de 34.000 impactos de proyectil de la coalición internacional, que han matado a 80.000 miembros del grupo yihadista pero, también, a unos 28.000 civiles. Ha durado tres meses más que la Primera Guerra Mundial.

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