¿Causas para celebrar?

Llegamos raudos al primer aniversario del Gobierno; habrá celebraciones y fanfarria que aglutinará a los correístas supuestamente apóstatas con los morenistas aparentemente redimidos. Para quienes no pertenecemos a ninguna tienda política, es hora de evaluar.

Moreno lo tiene de capa caída a su antiguo jefe y mentor. No respondió cual marioneta, como el capo esperaba, y hoy este sufre las consecuencias de haber perdido su propio partido y, a ratos, la mayoría en la Asamblea. Ha perdido también su principal instrumento de control, el otrora inicuo Consejo de Participación Ciudadana que, aun cuando ha comenzado lerdo, parece dar muestras de un mayor sentido de urgencia en sus acciones, interpretando correctamente el mandato de los ecuatorianos de desmantelar el correato.

El fiscal terminó sin pena ni gloria. El despreciable inquisidor de las comunicaciones volvió al anonimato de donde emergió. El vicepresidente está en la cárcel. Hay, además, más de una docena de sindicados de la alta burocracia, quedando aún por atrapar a los peces gordos que continúan amparados por la obstrucción de la justicia. Moreno, hay que anotar, ha instaurado un nuevo estilo de tranquilidad que contrasta con el comportamiento de energúmeno de catálogo de su predecesor.

Pero seguimos con el mismo Gobierno, encaminados en la misma dirección, persistiendo en el mismo modelo fracasado de gestión, y hoy amenazados por el terrorismo y el narcotráfico. La percepción es que las peleas entre actores son mucho más fuertes que la confrontación entre ideas contrarias, pues, más bien, a ratos hay evidencias que llevan a pensar que se trata de un tongo cuidadosamente orquestado. Las acciones, por lo tanto, demuestran que mientras más parece todo cambiar, más continúa siendo la misma cosa.

Moreno depende de gente que ni siquiera se molesta en ocultar su afiliación con Correa y con las estulticias de la ideología del SSXXI. Tiene una vicepresidente abiertamente chavista y madurista. Una canciller que dice hablar en nombre de los ecuatorianos (¡no es así!) cuando ensalza al gobierno represor de los esposos Ortega en Nicaragua. Seleccionó a la ministra de finanzas del “default”, provocando la subida del índice de riesgo-país en más de 120 puntos, una ministra que defiende el endeudamiento de Correa y contradice al presidente para desechar luego a los acreedores del correato y reiterar que prepara un paquetazo.

Para completar su elenco, incorpora un ministro del interior que antes de posesionarse viaja a La Habana para abrazarse con Correa; se trata del ciudadano que deberá enfrentar la mayor amenaza contra la seguridad nacional sin saber qué es lo que pasa aquí. Moreno premia a los ineptos y a los cuestionados dándoles prebendas en el exterior, logrando así mantener la imagen del Ecuador como un país tercermundista irredento. Es, en definitiva, un cuadro poco edificante.

La economía acecha al Gobierno y quedan advertidos de no aumentar el fardo de impuestos para seguir financiando su mala práctica. Moreno deberá devolverles a los ecuatorianos la paz que se robó su predecesor. La mesa quedó efectivamente vacía, pero al paso que vamos no quedarán siquiera astillas de la mesa.

Francisco Swett . 

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